Bestiario financiero - "El Mundo" el 21-8-2011
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Martes, 23 de Agosto de 2011 12:29

 

Algunos cartógrafos medievales escribían “hic sunt dracones” (“aquí hay dragones” o “encontrarás dragones”) sobre aquellos océanos remotos que, desconocidos, albergaban peligros. La expresión, además de dar título a la reciente película "Encontrarás dragones" que sobre José María Escrivá de Balaguer y la Guerra Civil ha dirigido Roland Joffé y producido mi buen amigo Ignacio Gómez-Sancha, parecería aplicable a la visión de muchos ciudadanos y políticos sobre los mercados financieros y Bolsas, a la vista de sus recientes convulsiones.

De entre las acusaciones más recientes contra malvados dragones financieros me parecen desacertadas las dirigidas contra las agencias de calificación, pues aunque tuvieron una actuación desastrosa cuando antes de la crisis repartieron, con injustificada generosidad, la máxima calificación a valores estructurados, su actuación reciente, al rebajar la nota de diversos emisores soberanos –entre ellos, la retirada por S&Ps a Estados Unidos de la nota máxima-, se ajusta a su cometido, aunque sus decisiones sean opinables. Alguno de sus empleados puede haber quebrantado normas del mercado de valores –por ejemplo, comunicando indebidamente informaciones a terceros-; pero no me parece descartable que algunas de las investigaciones en marcha –como la de los fiscales italianos sobre Moody´s y Standard&Poor´s por haber emitido “juicios infundados e imprudentes”- busquen primordialmente amedrentar a las agencias.

[Sobre las agencias de calificación hay más detalles en "Las agencias de rating y el euro".

Por el contrario, la frecuente inquina contra los especuladores –y, en particular, contra los “vendedores en corto” (short sellers)- me parece más justificada, aunque en puridad tales críticas debieran dirigirse también en fases alcistas contra quienes alientan burbujas especulativas. La razón es que, en circunstancias excepcionales, los especuladores bajistas puedan tener efecto desestabilizador como consecuencia de la ineficiencia e inercias de los mercados financieros, muy alejados del paradigma de eficiencia perfecta que enunciaron algunos académicos –empezando en los años 70 por Eugene Fama-, los bancos de inversión invocan como útil dogma y algunos “liberales de manual” les siguen atribuyendo (analicé la cuestión de la supuesta eficiencia de los mercados financieros en "Capturas y mitos financieros").

En efecto, en los mercados financieros no existen dragones, pero muchos inversores actúan como rebaños (herd behaviour) y pueden provocar ocasionales “estampidas” que causen una devastación financiera carente de proporción con el temor que las desató. Esa desproporción obedece tanto a los programas algorítmicos de gestión de carteras –que desencadenan ventas automáticas tan pronto las cotizaciones franquean ciertos niveles- como al súbito contagio de temores cuando conseguir información fiable es costoso y, además, en cada inversor se activa ese mecanismo psicológico reflejo que nos aleja a los humanos de potenciales peligros, aun imaginarios (analicé la cuestión en "El gen alarmista"). Aunque en condiciones normales los bajistas son el saludable antídoto del excesivo optimismo -y, además, las ventas en corto pueden resultar necesarias para la ejecución de operaciones complejas no especulativas (por ejemplo, la venta inmediata por un intermediario financiero especializado a un inversor de un paquete de acciones que el intermediario toma inicialmente a préstamo, para ir luego adquiriendo progresivamente en el mercado)-, en circunstancias adversas pueden provocar un efecto similar al que tuvo sobre los productos hortofrutícolas españoles la consejera de Sanidad de Hamburgo que atribuyó una mortífera epidemia a los pepinos españoles.

Tras la crisis del peso mejicano de finales de 1994 y la propagación del “efecto tequila”, los economistas Guillermo Calvo y Enrique Mendoza reflejaron esa desproporción entre las causas y las consecuencias de aquella crisis con el elocuente título de su artículo Petty crime, cruel punishment”, en el que escribieron: “La diversificación favorece la ignorancia, y en ese ambiente rumores incluso frívolos pueden provocar movimientos de capital masivos incongruentes con los fundamentos”. Tres años después Robert Chang y Andrés Velasco escribirían algo casi idéntico respecto a la crisis del Sudeste Asiático: “El castigo es mucho más severo que el delito”.

Por eso, aunque sería exagerado ver en los Bancos Centrales, en los supervisores de los mercaods y en las normas financieras un San Jorge llamado a defendernos de malvados dragones financieros, es legítimo que actúen como “vaqueros” que, zahiriendo con inesperadas pérdidas a los bajistas, cerrándoles ocasionalmente el paso con prohibiciones, o proporcionando liquidez a los mercados en momentos de sequía, eviten estampidas financieras. De ahí que la semana pasada me pareció elogiable que la Reserva Federal anunciara que mantendrá bajos sus tipos de interés durante dos años; que el Banco Central Europeo comprara bonos italianos y españoles; y que la CNMV y otros supervisores europeos anunciaran que quedarán prohibidas temporalmente las posiciones cortas sobre acciones de entidades financieras.

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